
Había una vez, un perrito llamado “Cachupín”. Nació un día de esos, en Junio, siendo un perrito de esos de raza, de sangre pura, de criadero. Cachupín creció en mundo encerrado, en donde la reja era su límite, y el único lugar en donde podía estar, era cerca de sus padres y de sus muchos hermanos perritos que tenía. Se alimentaba de su madre, jugaba con sus hermanos, dormía cuando quería. Pero, a Cachupín le aburría estar así.
Cada día de su vida, tenía que estar viendo como sus hermanos eran entregados a familias de niños rubios, autos de lujo, de ojos azules, de padres adinerados y con sus sonrisas de felicidad en sus rostros arrugados. Julio, Agosto, Septiembre… Pasaban los días, y tuvo que despedirse muchas veces de sus hermanos, que antaño jugaban con él todos los días. Pero ya era diciembre, y Cachupín había cumplido 6 meses. El 24 de diciembre, una familia muy particular llegó al criadero. Cachupín estaba durmiendo, pero cuando lo tomaron, se despertó con sorpresa. No tuvo tiempo de despedirse de sus padres, que lo criaron desde pequeño, lo alimentaron y le dieron protección. Cuando la familia lo tomó en brazos, Cachupín miró hacia atrás, mientras que sus padres lo veían desde la reja en donde creció, despidiéndose de la única manera que podían, con la mirada. Cuando los padres se perdieron de vista, Cachupín fijó la mirada hacia la familia. No era como las otras familias de adinerados, esta vez, eran personas de leve tristeza, de ojeras moradas, de ropa barata. Pero se sentía una humildad tremenda, y Cachupín supo de inmediato, que estaba en buenas manos.
Las otras familias, se llevaron a los perros en jaula, en sus autos de alto costo. Cachupín era llevado por una mujer de mediana edad, acompañados de un joven que mostraba madurez y un hombre de barba y pelo blanco. Aunque nuestro personaje era tímido y miedoso, con esta familia no se sintió así. Sintió que era una familia segura, y muy honesta.
Caía la noche, y habían llegado a casa. Era un casa de solamente un piso, de patio algo descuidado y de rejas cortas. Las ventanas estaban selladas con otras rejas pequeñas, y en el patio, se encontraba una camioneta. Al entrar al interior, se veía una mesa de madera muy arreglada, con sillas de plástico. Había una TV en la pared contigua de la mesa, que era sostenida por unas cajas. Pero lo que más predominaba, era un árbol de navidad hermoso, de un verde muy vivo, y de luces muy brillantes. Abajo de él, había solamente 3 regalos. El hombre, que era el padre del joven, fue a buscar el collar que habían comprado antes, mientras que el joven fue a buscar a su hermano. La mujer, mientras tanto, dejó a Cachupín en el piso cómodamente, y fue a buscar comida y agua. Imaginó que Cachupín estaría hambriento y sediento.
Cuando la madre le dio un poco de agua, Cachupín se la terminó de inmediato, mientras movía la cola agitadamente. En eso, llegó el hermano pequeño, llamado Cristobal. Iba en su silla de ruedas, deseando ver que había en el living de su casa. Vió a Cachupin, y una sonrisa gigante se le marcó en su rostro. Después de un gran abrazo y un gracias a sus padres y hermano, se acercó poco a poco a Cachupín, mientras que él se acercaba, moviendo su cola lentamente. Cristobal lo tomó en brazos, y le hizo un cariño a Cachupín, que le indicó de inmediato que era de fiar. Habían creado un lazo de amistad tremendo. Cachupín, que estuvo con su familia toda su vida, vió como esta crecía, como Cristobal crecía. Los padres habían conseguido nuevo trabajo, sus caras se volvían más sonrientes y alegres, pero no perdían la humildad característica de esta familia. Se cambiaron de lugar, a un sitio más grande, y Cachupín era feliz con su espacio que tanto anheló en su niñez. A menudo, recordaba a sus padres, se preguntaba como estarían, deseaba poder avisar de que quería ir nuevamente al criadero.
Cristobal, aunque iba en silla de ruedas, sacaba a Cachupín todas las tardes, acompañado de su hermano. Un día, se les ocurrió ir nuevamente al criadero, para ver si Cachupín se encontraba con sus padres, ya que notaban que algo le faltaba. Cuando llegaron, preguntaron por los padres de Cachupín, sin respuesta. De todas maneras, entraron a ver, y Cachupín no encontraba a sus padres. No los veía en ninguna parte, y eso lo puso muy triste. Cuando dieron la vuelta, vieron un letrero que indicaba “Cementerio”. Cristóbal, que buscaba con Cachupín a sus padres, entró al cementerio, y se llevó un muy mala sorpresa. Los perros, eran enterrados de muy mala manera, eran solamente un bulto muy grande debajo de una delgada capa de tierra. Algunos, incluso, se podían ver de tan mal enterrados estaban. Y Cachupín, de muy lejos, identificó a sus padres. Estaban en muy mal estado, no habían recibido un entierro digno. La madre, se veía muy explotada y de muy triste cara. Cristobal y Cachupín, se pusieron muy tristes, mientras que al joven se le ocurrió llevárselos, y darles el mejor entierro posible. Sin que nadie del criadero se diera cuenta, sacaron a los padres del cementerio, y se los llevaron a su casa. En el patio, hicieron 2 fosas, para que el padre y la madre tuvieran lugares diferentes. A cada uno le dieron un nombre, al padre Lobo, por su color negro, y a la madre Capuchina, por su color café claro. Los enterraron, mientras que Cachupín miraba desconcertado, triste, pero aliviado de haber encontrado a sus padres.
Avanzó el tiempo, y Cachupín se hacía más viejo. La familia también, Cristobal también. Habían pasado muchos años, y Cristóbal, ya casi era un adulto, pero no se pudo recuperar de su enfermedad. Cachupín, también estaba viejo, no comía mucho, y la familia sabía que no le faltaba mucho. Cristóbal, aunque ya era mayor, decidió quedarse con él sus últimos momentos, para que nunca más vuelva a olvidarse de Cachupín, y viceversa. Cristóbal estuvo con él, hasta que Cachupín no pudo seguir.
Lo enterraron junto con sus padres, con flores a sus alrededor, y una placa que decía: “Aquí yacen los restos de una familia que fue explotada, y a sólo un perrito pudimos salvar. Gracias, Cachupín”.
Entre sollozos, la familia se fue retirando, pero no se olvidaron de los perros. Los recordaban cada noche de Navidad, llevándoles flores, y fotografías.
Cachupín, fue un perro afortunado. Tuvo una familia que lo cuidó hasta el final, pero que aún le siguieron recordando. Sus hermanos no tuvieron la misma suerte, la mayoría fueron maltratados y usados de juguete por niños sin corazón. Otros fueron echados de las casas, olvidados, y murieron por hambre.
No compres animales, adopta y cuida a tu mascota. Feliz Navidad.